martes, 26 de agosto de 2014

Continuidad de los parques

Cursé los dos últimos años de secundaria en el Instituto Dolores Rodríguez Sopeña. Entré tarde, en un grupo ya armado y todo era extraño para mi, viniendo de escuelas públicas. La directora principalmente, parecía ser una señora muy formal e imponía rectitud con la mirada. No sé si esa rectitud tendría que ver con que anteriormente había sido un instituto de señoritas, pero el caso es que a ella nadie la quería. O le tenían miedo. Y yo estaba en una época en que creía que para encajar, tenía que ser igual a los demás.
Me había cansado de ser diferente, de ser abanderada y perderme siempre las jodas que se hacían en los actos, de sacarme dieces y que esperen que siempre sepa las respuestas. De la presión.
Así que cuando entré "al Sope", me volví parte de la peste del fondo: los que no participan, que juegan al truco todo el día y se ríen fuerte (entre otras que mejor ni contar).
Cuando llegó Muiña para dar las clases de Lengua y Literatura en mi último año, todos tenían miedo, y hasta la peste del fondo se comportaba como señoritos, porque con ella venían la formalidad y la rectitud. Era la profesora y la directora en simultáneo.
Recuerdo que ella intentaba ser amistosa pero los alumnos eran impermeables. No se hacían chistes, nadie levantaba la mano porque no te podías equivocar, ni olvidarte la tarea, ni nada, porque no te mandaba a la dirección, sino que te llevaba ella misma.

Sin embargo, yo la quería. Ella me enseñó a situar la lectura en el contexto histórico, el uso del giro "de que", la importancia de la puntuación, la diferencia entre metáfora y analogía, la primer epopeya castellana, y autores que me volaron la peluca siendo adolescente y que nunca hubiese sabido de su existencia bajo la metodología "polimodal". Yo hasta entonces siempre había tenido clases de "Lengua". Ella me enseñó la grandeza de la palabra Literatura.
Hoy me acordé de Muiña (y me da un poco de tristeza no recordar su nombre de pila) porque es el cumpleaños de Cortázar. Y yo no sabría de Cortázar si ella no me hubiera puesto adelante un trabajo práctico con "Continuidad de los parques". Contarles sobre ella es mi forma de decirle GRACIAS.

"Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

    Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela."

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