lunes, 12 de marzo de 2012

GPS

Con la llave en la mano, intento abrir la puerta con un movimiento autómata. El ojo de la cerradura está cegado por una esquela pegada al picaporte con cinta adhesiva. La leo. El pibe de abajo tiene una gotera… Suspiro y se me caen los hombros.

Apenas cruzo el umbral, veo todo igual que como lo dejé. Excepto una cosa: la alfombra del pasillo del baño está más oscura. Oscura? Está mojada. Ahora entiendo la gotera del vecino.

El que creo mi hogar, hace tiempo que se empeña en recordarme que no me pertenece, que pago todos los meses por su servicio cual fracasado paga por sexo.

Abro la puerta de la habitación. El colchón mojado. El armario, la cajonera… Todo. Hasta el gato. Me arrodillo en el agua, mordiéndome el labio inferior un poco de costado. Estiro, absorbe, enrollo, estrujo. Una y otra vez, mi bronca.

Hace dos días que el ventilador ayuda en el proceso de secado. Habrá que pintarle el techo al vecino. Y la alfombra… la dueña pidió que la cambie pero va a tener que esperar. Mientras tanto, la uso como está: sucia y manchada, con olor a humedad. La uso para caminar sobre ella, mientras pienso. La uso como un mapa que me guía fuera de la mediocridad, inventando caminos que me conduzcan a donde el esfuerzo no sea un trapo embebido en agua podrida.