lunes, 23 de enero de 2012

El hombre manos de tijeras

- Hola, está Walter?
- Tomá asiento que ya te atiende.
Apoyo el culo en los bancos fríos. Todo ahí es cromado, blanco y negro. Minimalista le dicen.
"Asistente a recepción" se escucha por el alto parlante.

Se me acerca el pibe, vestido como todos, con el jean Levy´s y la camisa blanca manga corta. Me acomoda la silla y pregunta cómo siento el agua. Siempre la pido lo más fría posible porque me hace pensar menos... Como si me congelara las ideas.
Me recibe Walter en su sector. Nos saludamos con una sonrisa enfática en los labios porque nos vemos sólo en estas ocaciones, pero lo más demostrativo que ocurre entre nosotros es apenas palmearnos los hombros.
Me siento, y soy cubierta por una capa negra del cuello para abajo.

- Qué hacemos hoy?
- Igual que la última vez pero quiero que este pelo de atrás me llegue hasta el borde de la nuca. Y la nuca bien descubierta. Fijate si acá adelante me podés sacar un poco más.

Y Walter empieza a cortar. Mientras tanto hablamos, nos vamos poniendo al día de un mes entero de no vernos.
La charla a veces no es tan amena. Walter se queda callado en ciertos momentos en que está muy concentrado. No estoy segura de que se esté concentrando en el corte. Sus ojos están clavados en la tijera trozando ese pelo, pero su mirada está en otro tiempo.
Vuelve a la charla para contarme algo:

- Y con todo esto de los albañiles en casa tengo que andar revolviendo todo. Sabés que encontré el otro día? Un traje blanco de Rober, con los zapatos negros. Impecable.

Y ahí se desconcentró. Sin querer, me corta el lóbulo de la oreja derecha. Es un tajito insignificante. Van Gogh fué un escandaloso. Es un poquito de sangrecita y ya.
Walter sigue, sin notar la sangre chorreándome.

- Vos te acordás de ese traje? No... Eras muy chiquita creo.
- No no, me acuerdo de haberlo visto en las fotos del casamiento de mi mamá.
- Bueno, viste? Ahí tenía unos claritos, y usaba el pelo engominado todo tirado para atrás.

Otro desbarajuste más. Se le zafa la navaja y corta una feta de mi hombro como una fiambrera. Un cachito de carne menos, no pasa nada.

- Si, siempre bronceado, parecía negro ya.
- Bueno, yo me lo probé y no me entra. A Marina quizás si. Pasa que él era flaco pero menudito. Yo soy más grandote.
- Y los zapatos?
- No, los zapatos tampoco, son 39. Es que Rober tenía un piecito así mirá - y me hace "así" con las manos. No sé, me da pena tirarlos... Está todo nuevo! Sabés las cosas que encontré en el placard de mi vieja, guardadas NUEVAS?

Otro descuido y la tijera de entresacar roza mi cuello dibujándome una línea de puntos sangrantes en la garganta.

- Es que tu mamá era así, Wal. Era de esas mujeres precavidas.
- Claro, yo iba sacando cosas y le decía a Marina "mirá lo que guardó mamá". "mirá esto", "mirá lo otro", está todo nuevo, lo compró para cuando tuviera nietos, supongo.

Sigue cortando y hablando, mientras yo sangro por las heridas.
Corta, habla, sangro. Corta, habla, sangro. Ya no sé ni por dónde.
La charla se desvía a las ganas de vernos en otro lugar, visitarnos en nuestras casas, yo insisto en encontrar algún momento, aunque sea chiquito...
Aunque nunca le digo que quiero pitar en familia, tocar la guitarra y que me cuente cosas, anécdotas, historias... Cosas que nunca pudimos compartir, por falta de tiempo, por falta de dinero, por falta de tolerancia, o quién sabe qué...

Secado, brushing, modelado. Y listo! El pelo me queda perfecto, como siempre. Nos volvemos a palmear los hombros y me voy, mirándome el corte en las vidrieras y los otros cortes en un pañuelo.

lunes, 16 de enero de 2012

Skipismo

Tocan el timbre. Entra un señor de traje con un maletín que viene a ver a mi papá. Se sientan en la mesita del comedor viejo. La mesa es de esas de camping que se cierran como valijitas. Enfrentados, los veo de perfil susurrando. El señor le pasa a mi viejo, por debajo de la mesa, una escopeta. Es evidente que es para matarme. Es evidente también que se dió cuenta que estoy espiando y no va a perder el tiempo. Se levanta determinado hacia la puerta. Yo no sé para dónde correr. Dudo una milésima de segundo. Decido quedarme quieta en la esquina donde está colgado el teléfono inalámbrico, con los esquíes puestos y los bastones en la mano, en pose de curva peligrosa. Parezco un maniquí. Él no se da cuenta y sigue de largo!! JAJAJAJJAA

sábado, 7 de enero de 2012

Nunca se hereda lo bueno

3 y 50 de la mañana. El brillo del radio reloj es suficiente para desvelarlo. Lo mira una vez y cuenta los segundos con el titilar del puntito en la esquina inferior derecha, para cerciorarse de que las horas no son eternas.  El ronquido suave de su mujer al lado le provoca envidia. Ella ahí descansando, y él... aburrido? Ya programó todo el día que comenzará en algunas horas. Ya hizo un repaso nostálgico del día anterior. Y del anterior, y del anterior del anterior. Se levanta a en busca de un consuelo. Su esposa balbucea algo ininteligible, pero obvio. "Al baño. Vos dormí", responde él como un autómata.
Abre la heladera y sin mirar, toma agua del pico de la botella gastada de Coca, rellenada de la canilla.
Su cabeza como un proyector del Cinema Paradiso, pasa imágenes de una película donde la protagonista es conocida suya, y en las partes sin censura, siempre se prende fuego la cinta. Está esperando escuchar la cerradura para saber que tiene un final feliz.
4.58 en rojo incandescente. En un ratito tiene que amanecer. En un ratito??? Ella ya debería estar acá!!!
La impaciencia se transforma en bronca. Bronca que está masticando desde que se acostó. Desde que la vió irse vestida de fiesta y pintada como una puerta!!! Pero quién mierda se piensa que es??? Si es una pendeja!!!!  No tiene idea de cómo es la calle!!! Para uno que la vivió bien vivida esto ya no es una joda!! Los tiempos no son como antes!!!
Sigue aguantando en silencio para no contagiar a la que duerme pacíficamente. 5 y 11 suena el timbre. Imagina a un policía que le trae el cuerpo con la ropa desgarrada, supone cómo se lo va a contar a su señora, los gastos del velatorio, los trámites para hacer justicia... 

- Soy yo, pa. Me olvidé las llaves.
- Callate y pasá.
- El remis no llegó como habíamos acordado. Perdón.
- Nadie te cree. Pasá. Callate y pasá.

La mujercita conoce a su progenitor como si lo hubiese parido. Dice que no con la cabeza. Toma aire para hablar, pero las palabras se extinguen antes. No se aceptan explicaciones del umbral para adentro. Cuando el pestillo traba con el dintel, se hace secreto su dolor en los dedos de atajarse las patadas.