sábado, 12 de marzo de 2011

Viajando

- Hola, uno veinticinco por favor.

La gente me mira? La gente me mira. Uuuuuu in the morning yeah... uuuu iiiii uuuu iiii uiú O estoy cantando para afuera? Uh... Qué horror ese pelo... Estos forros seguro están monitoreando mi vida y deben tener algún dispositivo para escuchar lo que pienso. MIL RUEDAS BOEDO. No, boluda, eso es imposible. Entonces como saben? Qué olor la puta madre, esta gente no se baña? Estaré hablando sin escucharme y por eso no me doy cuenta? Y si me tapo la boca con la mano?  PEDOFILO L. 9 Por qué me miran?? NOOO!!! YA SE!!! SOY VENTRÍLOCUA!!! Claro, yo estoy pensando algo y ellos me miran porque lo estoy diciendo en voz alta!!! Todo lo que pienso, todo lo que leo, todo lo que canto, uhhh a la del rodete la re bardié! Uh! Lo sigo diciendo! Perdón, flaca, no te quise bardear pero no me gusta ese rodete, sinceramente, no te calentés... 128 VIOLIN Están zarpados en pajeros los colectiveros! No, no creo ser ventrílocua... Debería sacarme los auriculares y probar. Aunque seguro si me los saco, pierdo el don. POR ESO!! EL DON DE LA VENTRILOQUÍA SOLO FUNCIONA CON EL SENTIDO AUDITIVO BLOQUEADO!
Qué garrón...
Bueno... no sé qué decir... Bah, pensar... Bah! Ventriloquear... Sepan disculpar, señores pasajeros...

miércoles, 9 de marzo de 2011

Música de espera

Éramos 6 los que llegamos a la parada. Ahí había ya otras dos personas. Uno, con enterito de jean, abajo en cuero, pelo largo enrulado y un flequillo a lo Tigresa Acuña. Le dije a Marian al oído "Es Jesús de la Ferrere". Ella hizo chistes en voz alta y yo temí por nuestras integridades físicas, hasta que el susodicho se subió al 132.
El otro tenía una guitarra en su estuche.
Y el 8 no venía... Y nos reíamos de cualquier cosa.
Alegría general!!! Llegó un 8!!!! Pero siguió de largo porque estaba lleno...
Atrás se acumularon más caras de impaciencia.
Seguimos entrándole al parloteo, hasta que el pibe de la guitarra abrió su estuche y manoseó algunas cosas. Todos en silencio, expectantes. Me sentí una nena curiosa, tratando de disimular la ilusión.
Cuando se paró en un pié y apoyó la planta del otro en la pared, sonreí. Guitarra en mano y armónica en soporte, nos cantó una canción sobre un tal Pedro, que no la recuerdo muy bien porque estaba flotando en una nube que él había inflado con el aliento y la actitud.
Me acordé de lo mucho que puteo siempre por ser desafortunada, porque la suerte nunca se pone de mi lado. Y este flaquito me hizo recapacitar. Y abrí un cajón de mi memoria donde guardo al señor del 128los señores en la línea verde... Rober.... Josefina... Gustavo...
Cuando este tipo de vivencias se interponen en mi camino, me siento suertuda.

Al señor del 128 lo crucé una vez por la calle, con su saco de vestir y la guitarra colgada, pero no sé qué fue lo que me impidió hablarle. A pesar de mi timidez emergente con cierto roce hacia el cholulismo injustificado, a este chico pude preguntarle algunas cosas. Si alguien más quiere conocer a Andrés, pasen por acá.

martes, 1 de marzo de 2011

Metal en agua

El gerente de la empresa en la que trabajo, navega en un yate blanco por el río Uruguay. Hace comentarios sobre el clima y asegura que vamos a viajar con lluvia. A quién le habla? A mi me habla. Yo no me veo. Dónde estoy? Su cabeza gira hacia la izquierda, su brazo se despega del timón, y su índice marca una línea imaginaria hacia el agua, pero tampoco estoy ahí.
- Un delfín! - dice.
Lo veo saltar, típicamente. "Lo veo saltar". "Lo veo". Desde dónde lo veo? Desde al lado. Yo soy el barco!
Y ahora que tomé consciencia de que soy una máquina enorme, deslizándome por un río todavía mucho más grande, juego a nadar a mis anchas, sin preocuparme por esquivar los peces. A veces algunos juncos me hacen cosquillas y sonrío con el viento en la cara, o mejor dicho, en la proa. Sonrío ampliamente...
Hasta que el cielo se nubla, el que era río se vuelve azul, el horizonte se expande, y veo montículos de agua que suben y bajan, que al rato son galones de espuma rompiéndome contra el cuello. Entonces, mi tamaño disminuye y vuelvo a ser la de siempre, con el gerente montado en la espalda, exigiéndome que nade más rápido en medio de la tormenta marítima.

Ya es de día y la orilla está cerca. Él está inconsciente, lo arrastro bajo unas palmas. Sigue lloviendo. Poco, pero llueve. Siento un sabor metálico en la boca, y escupo en mi mano un coágulo de sangre del tamaño de mi puño. Me enjuago en el mar, y el coágulo iza una vela, me saluda y se va con su familia.