viernes, 24 de diciembre de 2010

Espantatiburones...

Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una
manifestación de personalidades.


En mí, la personalidad es una especie de forunculosis anímica en estado
crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva
personalidad.


Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean,
que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay
personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina,
hasta en el W.C.


¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál
es la verdadera!


Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas
ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.


¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo – me pregunto – todas estas
personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de
permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no
tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de
congelar una locomotora?


El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para
enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera
obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero
son de una petulancia… de un egoísmo… de una falta de tacto…


Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de
trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho
a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas,
conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de
contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una
pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de
las demás. Si alguna tiene una ocurrencia que me hace reír a carcajadas, en el
acto sale cualquier otra proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquella
desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en
demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y
no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y
exige que me levante junto con las gallinas.

Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca,
una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen
mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de
dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas
personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que
se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al
menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.

Gracias, Sr. Oliverio por este Espantapájaros.


3 comentarios:

Largue todo eso que tiene para decir!!