miércoles, 28 de octubre de 2009

Cosas de perros...

Había una vez una historia que empezaba diciendo "Había una vez..." y se trataba de dos perros. No, no eran La Dama y El Vagabundo, ni tampoco Pongo y Perdita. En realidad no me acuerdo los nombres, pero sí sé que el macho era un Caniche, no un Toy, si no tamaño Normal, pero sin corte Caniche (aunque le hubiese gustado). Y la hembra era Setter Argentino (claro, como un Setter Irlandés, pero Argentino).
Se conocieron un dia en la cola del banco. Te imaginarás que no estaban pagando los impuestos, porque eran perros. Simplemente ella Setter, se metió un día para chusmear, porque le llamaba muchísimo la atención todas esas cosas raras que hacen los humanos con tantos papeles y todos parados unos atras de los otros sin empatía.
Y él Caniche Normal, la vió desde la puerta, donde descansaba echado al sol, esperando que su amo termine de retirar el sueldo por ventanilla porque le habían robado la tarjeta de débito a la salida de un after officce.
Bueno, decía, entonces la vio primero en la esquina, con ese pelaje casi lacio y casi brilloso, y le llamó la atencion. No por el pelaje, sino por su actitud. Se le notaba que era cachorra y que hacía un tiempo que andaba sin dueño. (Nadie la buscaba, y Setter lo sabía). En el fondo tenía miedo de la calle, pero lo disimulaba pavoneándose con decisión para que nadie lo notara. Soñaba con ser Setter Argentina Callejera Independiente. Pero como te dije, se le notaba que era cachorra.
Caniche Normal se limitaba solo a observar. No jugueteaba tanto porque ya era adulto, tenia como 4 años perrunos. Pero cuando presenció la escena donde Setter ingresaba al banco, se dió cuenta de la que se venía: la iban a rajar a patadas! Porque los bancos son para las personas, no para los perros. Qué tenía que hacer ahí metida, me querés decir??
De adentro de su corazoncito canino se le escapó el héroe altruísta y la siguió para ladrarle que saliera antes de que llamen a la perrera.
Setter no sabía que eso existía, pero Caniche Normal sí, porque había estado en una antes de que lo adoptara la familia Córdoba.
Caniche Normal le explicó a los ladridos limpios, pero no sin el mayor lujo de detalles, que se tenia que ir.
Setter que era muy dócil, entendió rápido y salió de la fila donde una vieja copetuda se empezaba a quejar... (de nada se quejaba, era como todas las viejas quejosas y copetudas).
Pero Caniche Normal se habia quedado protestando solo y casi lo vienen a echar a él. Decí que ahí estaba el Sr. Córdoba para defenderlo, y se retiró por las buenas...
Mientras el dueño terminaba de hacer el trámite, se olieron en la puerta con un poco de desconfianza, pero en seguida se refregaron.
Setter caminó en la misma vereda que Caniche Normal hasta que llegaron a la puerta del edificio donde vivía con la familia.
Y el Sr. Córdoba había visto que Setter era tranquilita y obediente y se la llevó por el ascensor.
A la esposa del Don, le pareció linda pero no le caía muy bien que esté todo el tiempo saltando atrás de una pelotita de goma, y menos con un departamento tan peque.
Un día de esos, se cayó un jarrón con el viento y como esta Sra. también era copetuda y quejosa, y la tenía entre ceja y ceja, hizo que su maridito la devolviera al umbral de la vereda.
Entonces, se veían en la plaza todos los dias a las doce y a las seis, cuando Jr. llevaba a Caniche Normal a hacer sus necesidades. Corrían un ratito, y otro ratón intercambiaban experiencias, opiniones y anécdotas de diferentes razas y vidas de perros.
No hay mucha diferencia en la raza, siguen siendo perros al fin y al cabo. Pero entre una vida de perro y otra vida de otro perro... Entonces a veces se gruñían, pero al rato se reconciliaban y festejaban con otro revolcón en el pasto.
Y así pasaron un par de meses, que en proporción humana es un montón de tiempo.
Y la verdad es que no me acuerdo mas. Es una historia un poco larga para ser de perros. Aunque se comenta que es una historia real... Bah... Quién sabe si sienten los perros? Y qué sienten, no?

martes, 27 de octubre de 2009

El Agujero Negro

El otro día me caí en un agujero negro, absorbedor de pensamientos. Me fue llamando inconscientemente con sus campanitas, y yo fui cayendo sin mas remedio. Creo que lo que me atrapó fue la oscuridad armónica en su interior. A diferencia de otros agujeros negros, éste no me succionó, ni me aspiró, ni me arrastró. Simplemente, me sedujo.
Apenas rocé la boca de la tormenta... se comió a la arañota que tejía mi maquinaria cerebral.
El otro día era octubre. Era octubre y caí en un agujero negro en el espacio. Mi espacio personal, espacial, especial. Tan mío como si lo hubiese comprado con los ahorros de toda la vida.
Ese agujero negro, era negro, obvio. No contaba con relojes, ni espejos, ni espectadores. La oferta, directamente proporcional a la demanda de mi antojo. El son, solo para mis oídos. Los colores dependían de mi imaginación, sin formas ni texturas.
Mi envase, rodeado de compota de todas las frutas mas dulces que existen. Mi nariz apuntando a un cielo de jazmines carísimos, todo alrededor.
No pude mas que sonreír, cuando entendí cómo bailar sin moverme, besar sin calcular, y por fin desaparecer en manada, para reintegrarme en soledad en mi propio lavadero incorpóreo. Me observé desagotando la pileta donde lavé la escafandra que uso en cada viaje sideral a la Tierra.
De a poquito me empecé a dar cuenta de que estaba abandonando esa dimensión (vaya a saber uno si era la cuarta o la quinta o cual numero ordinal la encabezaba, pero de que era otra, estoy segura). Y me esforzaba por quedarme en el agujero negro, pero indefectiblemente me empujó despacito hasta expulsarme.
Por un momento sentí un mini-vacío en el pecho, como un destete, desarraigo a corto plazo. Pero en seguida se fue esa sensación, porque me acordé que puedo volver a flotar en él, simplemente pegándome una casi-siesta en lo de unos amigos de una amiga de una amiga. Capaz que los conoces, son parientes astronautas de Ganesh.
Un día si querés vamos juntos y vas a entender de lo que hablo...

viernes, 23 de octubre de 2009

Todavía no tiene título

Tendida sobre el agua de la tina, que todavía no se termina de llenar, escucha las gotas integrarse a un mar de relajación artificial.
Se pregunta por qué fiarse de la ventana de su cuerpo, mayormente tan falaz; y se desafía a despertar el resto de sus sentidos.
Lúdica, experimenta con las yemas de los dedos los limites entre el liquido y el gas. El borde de los codos. Los brazos.
Sigue jugando con los pies, asomando los pulgares a tomar aire como un periscopio frío.
Cuando su cintura se hace participante del juego, la sensación muta, y la percepción también.
Una voz de ninfa resuena en su nariz y deja un sabor a mangos maduros en los pensamientos de su cabeza del agua, mientras que el todo se prepara para la revolución.
Su ombligo se ciñe en una gama de escamas escarlata y un dolor placentero se apodera de su abdomen; entonces entra en la dicotomía de una virgen conservadora enamorada (pero a la inversa).
Esta neopiel afloja la presión en los arcos del nacimiento que simultáneamente se están inaugurando, y vuelve a contraerse en los pilares, hasta los pies. Que ya no son pies, sino un timón.
La tina es un colchón de espuma sódica y los mangos los huele detrás de las orejas.
Se adapta con dificultad al nuevo ambiente y a ese cuerpo sensual recién estrenado que le recuerda a una guerra civil...
Percibe en esta masa a los mismos personajes de su entorno anterior, solo que algunos mutaron al igual que ella, y otro siempre fueron tritones. Algunos se mimetizaron, otros no tanto.
Similar a ellos es René. Y también distinta.
El bamboleo acuoso la confunde y descubre cicatrices de pudor en sus pechos.
Sabe que ahora, después de este baño de inmersión en la eterna doble hélice, todo es igual pero diferente.
Cualquier coletazo es definitorio. Excepto de vaciar la tina.